La historia que les voy a contar tiene un principio -como todas -, pero aún no tiene un final. De hecho, los finales son siempre difíciles, unos los esperan felices, otros tristes y algunos se hacen esperar…
Érase una vez… no. Había una vez… no. Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano… no.
La realidad, aunque a veces roce lo místico y lo irracional, es más sencilla que todo eso.
Hace exactamente un año que se conocieron, día arriba día abajo. Un año. Entre la bruma etílica del momento y las bromas de alrededor, se dejaron caer algunas sonrisas y algunos besos, confundidos entre el polvo y el sol, ocultos por los cristales oscuros de unas gafas poco favorecedoras.
Dos palabras, quizá tres, fueron las únicas cosas que perdurarían. Evidentemente se exceptúan las miradas, el tacto y la siempre presente ironía.
Ella lo supo, el juego comenzaba. Él tardó un poquito más, eso quiso enseñar. Se guardó los dados en la manga, quería ser el primero en tirar.
La casilla de salida se transformó en el hogar. La casilla final no era más que una historia que contar.
No hubo ni una lágrima. Ni una. Lo juro por mi omnisciencia. Pero si hubo cólera, morisquetas a través de 4 centímetros de pantalla plana y sacos enteros de manuales de software, para entender a esos grandes desconocidos.
También hubo esperas. Largas. De horas y días. Para luego llegar a ventanilla y que colgaran el cartel de ‘No hay entradas’.
¡Qué cojones! ¡Era la protagonista!
Nunca le gustó entrar por la puerta de atrás, esa por la que no se paga al principio pero sus consecuencias se convierten en una factura demasiada cara que pagar. …Y no sirve quedarse luego a fregar.
Más tarde hubo promesas, muchas. Ella esperaba, como quien espera al autobús, escuchar el sonido de cristales rotos que producían las promesas al morir. Era bello.
Puedo llevarme horas así, describiendo esto. La misma situación una y otra vez. Un bucle de mentiras, engaños y pasos atrás. Porque no existe un final y nunca existirá.
Este tipo de historias nunca terminan.