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8 de septiembre de 2011

Koch II

Te recuerdo moviéndote sigilosa y rápidamente en la oscuridad, mirando mi silueta oscura contra la luz que entra por la ventana. Observando.

Sonriéndote, reconoces el terreno, aunque llevas poco tiempo estudiándolo. Y sabes dónde posar tu mano o tus labios, o por dónde pasar de puntillas para hacerme querer que pares y te quedes.

Pero te marchas, la música de anoche no sirvió para hipnotizarte. Me dejas en la cama, aún onírica, y me das instrucciones que no cumpliré.

En la nevera aún hay chocolate con almendras.

24 de febrero de 2011

Siete por ciento

Me cuesta separarme de ti.

Los trescientos kilómetros hora solo sirvieron para que tu recuerdo dejara una estela como la que dejan los aviones en el cielo. Migas de pan para rehacer el camino.

He llenado toda una maleta con tus besos, con tus abrazos, con tu tacto, con tu olor y tus sonrisas; Con tu mirada cuando nos encontramos; Con tus manos cuando me buscaban en la oscuridad. Y no soy capaz de deshacerla por si se me pierde alguna de esas cosas al hacerlo.

El camino recto elige por ti y puedes dejarlo cuando quieras, hay muchas señales que te indican las demás posibilidades, pero… ¿qué preferir?, ¿qué elegir?, ¿qué decidir?

Yo te elijo a ti. Me quedo contigo.

20 de octubre de 2008

Cuentame un cuento Vol. 9

El pastel estaba en el horno. Era hora de actuar.

Las palabras que componían la contraseña habían salido con más o menos fortuna del walkie que mirábamos atentas, pero la reacción fue bastante más lenta de cómo lo habíamos planeado. El tiempo se nos echaba encima.

Miré a Carla y comprendí que estaba sufriendo los mismos síntomas que yo. Las palpitaciones en los oídos me impedían escuchar algo más que el rítmico vaivén de mi esencia. Las mariposas ubicadas en mi estómago comenzaban su precipitado despegue hacia la garganta como vía de salida. Y mi nuca perlada configuraba el fin de los síntomas que me atormentaban.

No había ya vuelta atrás. Tomamos aliento y nos miramos por última vez antes de que empezara lo que habíamos tardado meses en planear.

Lo que pasó a continuación forma parte de un gran agujero negro.

- Los agujeros negros nunca se sacian… Nunca.
- No me interrumpas. Sólo escucha y comprende. Yo no te juzgue cuando me contaste por qué entraste en este lugar.

17 de junio de 2008

Cuentame un cuento. Vol. 8

Miró el reloj.

Eran las doce menos cuarto de otra larga noche en la que solo escucharía gritos y palabras malsonantes antes del buscado golpe, ocasionalmente quizá risas nerviosas o sólo silencio.

Encendió la luz del tocador y comenzó con el ritual memorizado. Los retoques eran casi innecesarios, la tez blanca como la niebla que la acompañaba en sus escapadas, los ojos oscuros como si no tuvieran color alguno, los labios rojos, granates, rotos. La sonrisa torcida siempre en ese instante, encantadora antes.

Se vistió. De blanco, por supuesto. El vestido gaseoso bailaba con el viento que circulaba por aquellas secundarias poco transitadas. No necesitó la ayuda del cepillo para acomodarse el pelo. Iba descalza.

Repitió mentalmente la única frase que le estaba permitido pronunciar. Echó una última mirada a su aspecto. Y se dirigió a aquel tramo de carretera que hacía las veces de antesala del destino.

Vio como se aproximaba el coche. La misma maniobra de siempre. El mismo silencio mientras se acomodaba en el asiento trasero.

- Ten cuidado con esa curva.

La mirada por el espejo retrovisor.

El grito.

El golpe.

El silencio.

2 de junio de 2008

Cuentame un cuento Vol. 7

Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio, así lo hemos pactado.

Mientras nuestros ojos se acostumbran a la penumbra, recuerdo nuestra historia, recuerdo como todos me hablan de ti, no hay una sola persona que se salve. No pasas desapercibido.

Tres minutos. Me miras, adivinándome en la oscuridad de tu habitación, rodeados por el frío opaco de las ventanas. Sonrío.

Das a conocer esa parte de ti que produce duda. Lo haces porque sabes escoger a tus victimas, eliges, con frialdad helada, a la próxima infeliz que caerá en tu trampa. La envenenas con pequeños atisbos de una personalidad escondida, reservada, que luce de maravilla bajo esa mirada tintada de azul.

Dos minutos y medio. Sólo se escucha la lluvia fuera, algún que otro gato callejero y nuestras respiraciones, pausadas y tranquilas.

La objetividad me abandonó desde el primer momento. Y la contaminación no ayudó a remediarlo. Tampoco tú ayudaste demasiado. Ya no importa. Tu media sonrisa ha dado paso a esto. Afrontémoslo.

Dos minutos. Comienzo a pensar que nos hemos dado demasiado tiempo para analizar lo que está apunto de ocurrir si decidimos atrevernos.

El corazón ha decidido imaginar un esprin hacía el precipicio más cercano. Me sudan las manos a pesar del frío. La habitación ya no es extraña para mí; me ha dado tiempo a analizar y memorizar cada detalle. Las camas sin cabecero siempre me han dado vértigo.

Un minuto y medio. Te oigo respirar más fuerte. Esperas. Me has vendido un producto que no puedo rechazar. Esperas con tu seguridad ignorante.

Comienzo a repasar. Pros y contras. Eso nunca esta demás. La larga lista se colapsa al no poder concentrarme. No hay que buscar defectos, son evidentes. No hay que buscar ganadores y perdedores, pero parece que solo yo soy consciente de ese detalle.

Cuarenta segundos esperan suspendidos encima de las sábanas. Suspiro. Me miras. Te acercas.

Veinte segundos. Te miro. Sonrío.

- De perdidos al río.
- … Te has adelantado.

Y me besas.


19 de mayo de 2008

Cuentame un cuento Vol. 6

La historia que les voy a contar tiene un principio -como todas -, pero aún no tiene un final. De hecho, los finales son siempre difíciles, unos los esperan felices, otros tristes y algunos se hacen esperar…

Érase una vez… no. Había una vez… no. Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano… no.
La realidad, aunque a veces roce lo místico y lo irracional, es más sencilla que todo eso.

Hace exactamente un año que se conocieron, día arriba día abajo. Un año. Entre la bruma etílica del momento y las bromas de alrededor, se dejaron caer algunas sonrisas y algunos besos, confundidos entre el polvo y el sol, ocultos por los cristales oscuros de unas gafas poco favorecedoras.

Dos palabras, quizá tres, fueron las únicas cosas que perdurarían. Evidentemente se exceptúan las miradas, el tacto y la siempre presente ironía.

Ella lo supo, el juego comenzaba. Él tardó un poquito más, eso quiso enseñar. Se guardó los dados en la manga, quería ser el primero en tirar.

La casilla de salida se transformó en el hogar. La casilla final no era más que una historia que contar.

No hubo ni una lágrima. Ni una. Lo juro por mi omnisciencia. Pero si hubo cólera, morisquetas a través de 4 centímetros de pantalla plana y sacos enteros de manuales de software, para entender a esos grandes desconocidos.

También hubo esperas. Largas. De horas y días. Para luego llegar a ventanilla y que colgaran el cartel de ‘No hay entradas’.

¡Qué cojones! ¡Era la protagonista!

Nunca le gustó entrar por la puerta de atrás, esa por la que no se paga al principio pero sus consecuencias se convierten en una factura demasiada cara que pagar. …Y no sirve quedarse luego a fregar.

Más tarde hubo promesas, muchas. Ella esperaba, como quien espera al autobús, escuchar el sonido de cristales rotos que producían las promesas al morir. Era bello.

Puedo llevarme horas así, describiendo esto. La misma situación una y otra vez. Un bucle de mentiras, engaños y pasos atrás. Porque no existe un final y nunca existirá.

Este tipo de historias nunca terminan.

12 de mayo de 2008

Cuentame un cuento Vol. 5

Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no sé de qué color ponerme los zapatos.

Lo preguntaba de manera frenética. Una y otra vez. A cada persona que pasaba por la puerta entreabierta de su habitación en la residencia.

Daba igual el color de sus zapatos. Perdería el autobús. No importaba la combinación cromática, daba igual si eran los rosas, los amarillos o los verdes. Perdería el autobús. Lo sabía. Y también era consciente de que no haría nada más por impedirlo.

Cuando dejó de oír gritos de júbilo y alboroto, maldijo la batería de su móvil, la conversación de hora y medía que gastó la vida útil del aparato y el compromiso de una comida al día siguiente. Una parte de ella, sonrió satisfecha.

Intentó no abandonarse al desánimo, no caer en palabras malsonantes e impedir que la bandada de pájaros helados que le subía a través del estómago saliera al exterior. Cuando consiguió calmarse cogió el teléfono y le llamó.

- No voy a poder ir
- …
- Sé que te lo prometí, pero me ha surgido algo
- …
- No. No digo que no seas importante, pero no puedo ir
- …
- Lo siento, de todas formas hablamos otro día
- …
- Claro, un beso.

Se quitó los zapatos y se abandonó al olor que se había dejado olvidado entre las sábanas hacía dos mediodías. La estrategia de hacerse la dura no era una opción pero finalmente había aparecido como si se tratase de un plan.

Antes de quedarse dormida se observó en la cama. Y, de nuevo, ese brillo en sus ojos, le hizo darse cuenta.

28 de abril de 2008

Cuentame un cuento Vol. 4

Es difícil ver un gato negro en una habitación oscura, especialmente cuando el gato no está, pero no es más difícil que intentar entender a los hombres…

Así empezaba el trozo de papel, machacado por un centenar de letras, que Noelia encontró en aquella estación de autobuses.

Miró alrededor, intentando encontrar a la presunta remitente de aquellas palabras, pero todos lo que allí se encontraban eran ajenos a la presencia de Noelia y su extravagante hallazgo.

Sonrió y, como si fuera la única persona que sabe dónde se esconde un tesoro, se acomodó en el frío banco de metal dispuesta a desvelar los misterios que se escondían tras aquella caligrafía alargada.

“… y aunque sea difícil no puedo más que intentar comprenderte. Sí, porque eres tú el responsable de que vierta mi rabia aquí, en este momento. Y no te odio, porque odiarte sería como odiarme a mí misma, puesto que he sido yo la que te ha dejado pasar, para que me absorbieras entera, y no te dejases nada.
Pero es que me desesperas. ¡Me desesperas!
No entiendo tu manera de comportarte cuando estás conmigo, o cuando estamos con mis amigas, o cuando estamos en un lugar público -rodeados de gente-, o cuando estamos solos, tu, yo y tu coche.
Unos días me prometes el cielo, otros sólo un café, y otros busco en el saco de las promesas rotas, porque no he sabido nada de ti.”

Llamaron por megafonía a los que tenían por destino Granada. Noelia levanto la vista de aquel papel en el que una desconocida se había desnudado. Cuando volvió a sentarse, ocupaba el mullido asiento 13-B.

“Y no es que cuente lo nuestro -si es que hay algo que sea de los dos- es que tú no cuentas lo que todo el mundo sabe. Y no lo cuentas porque nunca dices nada, porque espero, en tensión, un movimiento que me permita no salir escaldada cuando estamos juntos”


- ‘No haremos paradas, así que hagan lo que tengan que hacer ahora’

Ni siquiera frases como esa podían sacarla de una lectura que le transmitía el dolor y el desconcierto de aquella chica. De hecho, no se había percatado de que el asiento de al lado había sido ocupado.

“Y ahora te vas, a verla a ella, con otra de tus excusas que tengo que creerme porque sí, con todas las palabras mudas en la estación, con todo lo que dentro lleva mi nombre pero tiene otra destinataria… te vas tú, que eres mi todo”

Noelia suspiró. La congoja le apretaba la garganta y comenzaba a moverse nerviosa en su asiento. …‘Demasiada empatía, Noe’, pero no podía evitarlo.

“Y no he querido creer lo que todos me decían, no he querido escuchar sus palabras, no he querido porque realmente no quiero que dejes de ser tú quien me haga despertar por las mañanas.”

La hora de salir se aproximaba, el autobús estaba casi lleno y los familiares y amigos se agolpaban a los lados para despedir a los suyos por las grandes ventanas.

“En una semana vuelves, completamente renovado, con una sonrisa que vuelves a recargar –con otro viaje- antes de que se apague. Ni siquiera te molestas en buscar otra excusa.
Después de tanto tiempo, la resignación se ha vuelto mi cómplice y me mira mal cuando pienso que, al menos, estarás bien, porque yo, de alguna manera, estaré esperándote cuando decidas volver”

Noelia tragó saliva y tras guardar aquel trozo de papel en su mochila, miró por la ventana para encontrarse con la mirada suplicante de la autora de aquellas palabras, despidiendo a su compañero de viaje.

Lo supo enseguida.

25 de abril de 2008

Retada por Cuentacuentos

Despertó, rodeado de un ambiente cargado y polvoriento en el que solo se colaba la claridad que permitían las rendijas de los tablones que cegaban las ventanas.

Intentó oír algo más que los sonidos que él mismo provocaba. Nada.

Esperó.

Cuando, de nuevo, recuperó la consciencia, escuchó susurros a su alrededor. No era el único que había despertado. Todo sería como antes, después de tanto tiempo.

Los más atrevidos empezaron a intentar moverse, aún sabiendo lo peligroso que podía ser. No sabían cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vivieron, podían ser días, meses e incluso años. Ellos sabían mejor que nadie que la gente había dejado de leer.

El más antiguo de todos, una primera edición, alzó su hilo de voz por encima de los demás.

- Ya sabéis que, aunque estemos despiertos, no significa que vayan a venir a por nosotros…

Un tomo de cuentos, impregnado por la fantasía de su interior, fue el que habló entonces:

- No puedes pensar que nunca vendrá nadie. ¡Una vez oí que si despertamos, es que alguien ha pensado en nosotros! …¡y estamos despiertos!
- Puede que piensen en nosotros, pero si no recuerdan nuestro nombre nunca saldremos de aquí. Además hoy es el Día del Libro, y todos los años pasa lo mismo. Un ataque literal a la lectura que se olvida cuando la rosa que nos acompaña se marchita.
- Pero no todo el mundo es así… ¡Hay personas que adoran la lectura!

Todos escuchaban atentamente el diálogo entre los dos libros, esperando el desenlace. No tenían nada mejor que hacer que deshacerse de la excitación inicial y esperar…

En una esquina un pequeño libro infantil recordaba la última vez que lo leyeron. Fue en una escuela, estaba rodeado de niños, y algunos se peleaban para ser el siguiente en tenerlo en sus manos. Tiempos felices.


Muy lejos de aquel lugar, una chica intentaba recordar sin éxito el título de un libro que leyó cuando era pequeña.
Solo venía a su memoria un argumento, complejo para la edad recomendada, que la sedujo enseguida.

Una grúa, un gruista, un pájaro, no recordaba de qué especie – un águila quizá-, una inundación, sobrevivir allá arriba –en la grúa- e intentar cambiar el orden de los días y del tiempo.

Y aún no soy capaz de recordarlo… ¿me ayudáis?

21 de abril de 2008

Cuentame un cuento Vol. 3

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes, pero allí, rodeados por todos los antiguos compañeros de universidad, mientras la miraba, parecía que no había pasado el tiempo. Era la primera reunión de antiguos alumnos a la que asistía.

El momento le incitaba a recordar y no le apetecía resistirse.

Junto a la mesa de los aperitivos, todos de aspecto plastificado, se abandonó al pasado.


Se conocieron en una fiesta -cómo no- de las muchas que se sucedían a lo largo de la semana, y desde entonces, sin darse cuenta, se buscaban en cualquier sitio a dónde iban.
Algunos meses más tarde coincidieron en un seminario, aburridísimo, en el que no pararon de hablar y conocerse.

A él le atrapó su sonrisa, a ella sus enormes ojos verdes.

Fueron inseparables, la sombra del otro, el apoyo en lo malos momentos y amantes el resto del tiempo.

Cuando la perfección planeaba sobre ellos, los años universitarios se esfumaron y se encontraron adultos, rodeados de posibilidades que miraban de reojo su relación.

Tuvieron que elegir.


Con un suave, pero firme, toque alguien llamó su atención. Aunque su aroma, el mismo olor dulce y fresco de hacía años, lo envolvió todo un segundo antes de hacerse notar. El cosquilleo que subió por su estómago cuando se giró para abrazarla le hizo presa de un nerviosismo que lo acompañó durante algo más de lo que le tenía permitido.

Y se miraron, de nuevo, como antes. Ella navegó en su mirada y el atesoró como nunca cada milímetro de su piel.

Se dejaron llevar por el espíritu de la reunión: …recordaron viejos tiempos.

11 de abril de 2008

Cuentame un cuento Vol. 2

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz todo habría cambiado. Era normal cuando durante una discusión se producía un apagón, al volver es como si no se recordara nada, como si esa oscuridad momentánea hubiera borrado todo lo que estaba pasando antes. Es como cuando se apaga el ordenador sin avisar y no guardas lo que estabas haciendo, que hay veces que hay suerte y otras que no, y te quedas mirando la pantalla esperando que aparezca la ventana de recuperación de datos.

En este caso, la recuperación de datos hubiera sido nefasta.

Cuando la discusión estaba en el punto más alto, la oscuridad vino y trajo consigo al silencio mudo.

Cada uno calló, rememorando lo que había pasado hacia solo unos segundos.

María llegó a casa después del trabajo y lo encontró a él, mirando la televisión, como siempre, el teléfono a su izquierda y el mando en su mano derecha, con esos pantalones que le hacían recordar a su padre los fines de semana.

Pedro había escuchado cerrarse la puerta del portal y alargó ese minuto y medio cronometrado que María tardaba en subir las escaleras para seguir al teléfono con Claudia. Odiaba cuando tenía que colgar tan rápido, sin poder despedirse de ella despacito, sin prisa.

Los besos se habían olvidado incluso antes de que Claudia entrara en sus vidas. El sexo se había convertido en casi una obligación de los domingos por la mañana. Y las llamadas de teléfono ‘porque sí’ hacía tiempo que no encontraban línea.

Los dos lo sabían. Todo había terminado, pero la costumbre y la falta de ganas de comenzar de cero habían acampado a sus anchas.

Cuando la luz volvió se encontraron mirándose, ambos con la misma expresión de perdedores. Habían apostado mucho y habían perdido más.

No hubo palabras, la insípida discusión por no haber hecho la compra quedó a la deriva, un suspiro fue la antesala del beso en la mejilla que cerró de nuevo las puertas a una huída desesperada.

- Voy a darme una ducha, estoy cansada

- Yo voy a pedir una pizza.

Y volvió a marcar el número de Claudia.

Otras tentaciones en el Cuentacuentos

6 de abril de 2008

Cuentame un cuento Vol. 1

La mano no me tiembla mientras acerco la cerilla al cigarro que cuelga de mis labios, el miedo del principio ha dejado paso a solo un pequeño tic.

No me afectas, jamás volverás a hacerlo. Mi memoria te retendrá para siempre, nada más.

Tras expulsar el amargo humo, sonrío. Te he superado.

Todavía recuerdo cómo al principio eras el chico ideal. Un disfraz genial, hay que reconocerlo. Te metiste al público en el bolsillo mientras arrastrabas la basura con el pie derecho tras las bambalinas, siempre con una sonrisa mientras no dejabas de hablar de tu magnificencia.

Tarde, como siempre, pero me di cuenta.

Ahora sólo tengo que ir a la comisaría, y enseñar tu firma personal. Te gustaba practicar, salta a la vista. Al principio me gustaba serte útil como hoja en blanco, hasta que el blanco dio paso al burbujeante rojo carmesí.

No puedo olvidarme de llevar puesta la ropa que tanto te gustaba verme puesta, en casa, para quitármela diez minutos después, con tus caricias pasionales… ¿las llamabas así no? a tus palizas…

Que te tiraras por la ventana ha sido el mejor regalo, aunque he olvidado darte las gracias.